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REDES SOCIALES, EL ADN DE LA SOCIEDAD

 

MsC. Ma. Paulina Casares Subía

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Con el pasar del tiempo y los continuos cambios que ha sufrido la sociedad, poco a poco nos vamos dando cuenta como nuestra vida va re-adaptándose; estamos conscientes que la tecnología ha ganado el inmenso poder de atraparnos de tal forma que ahora nos resulta casi imposible imaginar cómo serían nuestros días sin ella, olvidándonos que no hasta hace mucho tiempo no la teníamos y a nadie le paso nada por no tenerla y sin duda quienes tuvimos la suerte de vivir este no sé si llamarlo cambio de época o época de cambio, podemos afirmar que sí existe un antes y un después muy marcado a la aparición y uso de la tecnología.

 

Con la llegada de Internet, las costumbres, hábitos y rutinas cambiaron, la gente comenzó a interesarse más por conseguir una proximidad con sus pares a través de la tecnología y cada vez ha ido alejándose de la interacción personal; hoy en día es más fácil acordar reuniones, saludar amigos, felicitar por algún acontecimiento a través de entornos digitales que en persona, si bien es cierto que la tecnología también ha permitido romper barreras de tiempo y espacio, nos hemos olvidado de “dosificar” el tiempo que nos “aferramos” a ella y sino preguntémonos que le pasa incluso a nuestra salud con el solo hecho de pensar que se nos olvidó el celular en casa o revisarnos un bolsillo y no sentirlo….

 

¿Quién NO tiene un perfil en alguna Red Social?, no tenerlo es como un “suicidio virtual”, quien no pertenece a algún tipo de red social se ve relegado de “compartir”, “enterarse” o “formar parte” de un círculo social “exclusivo”, y es ahí cuando el tema del ADN se involucra o nos permite hacer una simbiosis,  pues en el ámbito de la tecnología en cada “click” que realizamos vamos dejando indicios de quienes somos y sin darnos cuenta nos vamos convirtiendo en entes identificados o identificables dentro de la comunidad virtual; dejamos vestigios claros de lo que hacemos y permitimos con facilidad a través de esos datos la creación de perfiles que nos identifican de la misma forma que los alelos nos asocian con nuestros padres en una prueba de ADN.

 

La llegada de Internet marcó el punto de partida de varios cambios sociales, políticos y económicos, se convirtió en la herramienta más utilizada para tener acceso a información, comunicación y comercio, permitió globalizar al mundo rompiendo todo tipo de barreras inclusive las idiomáticas y como parte de ese “boom” la vida de las personas tomó un giro interesante.

 

El nacimiento de las hoy conocidas redes sociales mismas que tienen sus inicios en el año 95 al crearse Classmates, sin embargo para el 97, aparece Sixdegrees la que se considera como la primera red social como tal ya que ofrecía características como crear perfiles, agrupar a contactos, compartir contenido multimedia online y efectuar comentarios entre perfiles. Para el año 2002, surge Friendster, en el 2003 MySpace ya para el 2004 y pese a los conflictos legales nace Facebook que logra expandirse alrededor del mundo y convertirse en la red social con mayor número de usuarios a nivel mundial y en 2006, llega Twitter a revolucionar el entorno de las redes sociales como una nueva experiencia para compartir contenido.

 

Ahora la duda quizás se presente en relación a que tienen que ver las redes sociales con el ADN  y  todo tiene su punto de partida en la necesidad del hombre de “pertenecer” y ser “reconocido” dentro de la sociedad (sea física o virtual), esto tiene su base en la búsqueda de la individualización y para lograr ese objetivo es que aparecen lo que hoy conocemos como nombres;  sin embargo con la expansión de territorios, el nombre por sí solo dejó de ser suficiente ya que estos empezaron a perder individualidad y permitía confundir fácilmente a las personas; es así que se empieza a utilizar lo que ahora conocemos como apellidos, que en sus inicios eran acogidos de acuerdo a una ubicación geográfica donde se asentaba la persona, sin embargo también se acogieron para otros casos, peculiaridades físicas o que tuvieran relación con la profesión de la persona.

 

Si bien las cosas han ido cambiando y avanzando en relación a la temática de identificación humana, la mayoría de las veces esta identificación no es 100% acertada motivo por el que, los científicos e investigadores han descubierto y propuesto nuevas formas de identificación, las más conocidas son la dactiloscópica y lofoscopia.  Pero como la ciencia no se detiene y para el derecho seguirle los pasos es prácticamente imposible, con el fin de que la identificación tenga menos opciones de ser transgredida, aparece la Hemogenética Forense, cuando Karl Landsteiner describe el denominado sistema ABO de los hematíes y Von Durgen y Hirschfeld descubren su transmisión hereditaria. Sin embargo, y con todos los avances que existían, no es sino a mediados del siglo XX, cuando de la mano de Watson y Crick, acreedores del Premio Nobel de Medicina y Fisiología en 1962, que se descubre el ADN y su estructura de doble hélice.

 

Una vez que los científicos lograron obtener la secuencia del genoma, el interés fue más allá y quisieron saber si sus bases codifican o no para alguna proteína, pues para poder dar inicio a este proceso, es necesario empezar identificando si existe o no una secuencia similar en las bases de datos, esto es lo que se denomina “alinear”.  Existen dos tipos de pruebas posibles –in vivo— sobre este Ácido Desoxirribonucleico del que estamos compuestos,  uno, es el denominado ADN Codificante o expresivo que  hace referencia a fragmentos o frecuencias en las cuales hay pocas variaciones entre individuos; estos fragmentos de ADN determinan los genes diferentes que definirán las características de las personas a través de la síntesis de las proteínas; el otro, ADN No Codificante  que no se relaciona con la síntesis de las proteínas pero posee una gran variabilidad entre un individuo y otro, lo que lo vuelve idóneo en la identificación de personas dada su irrepetibilidad, con la única excepción de los gemelos univitelinos.

 

Hablando más claro, el ADN Codificante puede mostrar verdaderas propensiones al padecimiento futuro de enfermedades hereditarias (por ejemplo, la manifestación del probable padecimiento de la Diabetes Hereditaria), y por su parte el ADN No Codificante que es irrepetible y único de cada persona —de allí su utilidad identificatoria— y no evidencia ninguno de estos —ni otros— datos netamente personalísimos.

 

Ahora ¿cómo relacionamos todo esto con el título planteado? Cuando hablamos de dejar vestigios de ADN, nos referimos a muestras biológicas (cabello, saliva, fluidos, huellas, etc.) mismas que permiten identificarnos de manera clara, en el caso de las redes sociales, toda la información que publicamos en ellas se convierte en vestigios que permiten convertirnos en entes plenamente identificados o identificables, pues tal como pasa con las muestras de ADN,  basta un pequeña muestra para que de ella se pueda obtener infinidad de información sobre nosotros, convirtiéndonos en seres vulnerables, poniéndonos en riesgo, pues la mala utilización de nuestros datos puede causarnos daños inimaginables, como dicen expertos en temas de seguridad informática la única forma de no estar expuestos dentro de los entornos tecnológicos es simplemente no entrando en ellos, no publicando, no realizando actividades donde nos exponemos sin cautela; algo que en nuestros días es casi inimaginable lograr.

 

El boom de las redes sociales así como el del ADN nos llevan a tomar un poco más de conciencia respecto de temas de privacidad e intimidad, en ambos campos se pueden presentar casos de discriminación que deriven a vejaciones y por tanto atentan contra la dignidad de la persona, misma que se encuentra protegida y garantizada por instrumentos internacionales así como constitucionales; es por esto que, hablar de las redes sociales como el ADN de la sociedad nos marca un nuevo hito de análisis y de toma de acciones orientadas a la protección de las personas en los distintos aspectos.

 

BIBLIOGRAFÍA

 

 

 

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